Pablo Bujalance

25 años con la Filarmónica

La ciudad y la música

La Orquesta Filarmónica de Málaga ofreció su concierto inaugural el 14 de febrero de 1991. Así se sentaron las bases de un proyecto decisivo.

Pablo Bujalance. MÁLAGA HOY. 13.02.2016

Semejante afirmación puede sonar hoy a concesión nostálgica, pero lo cierto es que dotar a una ciudad como Málaga de una orquesta sinfónica propia en 1991 constituía una empresa descabellada. La urbe que presume actualmente de cara al mundo de  vocación y hechura cultural era hace 25 años (apenas ayer, como quien dice) una laza con una manifiesta carencia tanto de tradición como de infraestructuras al respecto. Con sólo dos museos, el de Bellas Artes del Palacio Provincial en la Alcazaba, que cerrarían poco después a mayor gloria del futuro Museo Picasso, y que aún esperan su reapertura común en la Aduana, la capital arrastraba un complejo notorio respecto a otros enclaves calientes de la Costa del Sol en lo que a atracción cultural se refería. Proverbial había sido, pocos años antes, la rehabilitación de un Teatro Cervantes que trabajaba con tra todo tipo de adversidades para la creación de un público en Málaga inclinado a las artes musicales y escénicas. Con estos mimbres, apostar por la viabilidad de una orquesta sinfónica revelaba una determinación sin fisuras. Pero justo ésta era la carta más firme del entonces alcalde, Pedro Aparicio, melómano implacable y estratega feroz, para levantar un proyecto que, merece la pena recordar, no fu precisamente bien comprendido ni recibido en un principio por buena parte dela sociedad malagueña. La historia es bien conocida: cuando la Junta de Andalucía barajaba la opción de crear una orquesta regional, Aparicio puso en marcha toda su diplomacia para que Málaga tuviera su propia orquesta. En enero de 1991, la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla ofreció su concierto inaugural. Y sólo nos días después el 14 de febrero, hizo lo propio el Teatro Cervantes la entonces llamada Orquesta Ciudad de Málaga, con Octav Calleya como director titular y sustentada en un consorcio repartido al 50% por la Junta de Andalucía y el Ayuntamiento de Málaga. Así se escribió una página decisiva en la historia de la ciudad; posiblemente, el primer gran empeño en ro de una construcción cívica a partir de la cultura en su milenario recorrido.

De cualquier forma, un cuarto de siglo después, es de justicia reconocer que Pedro Aparicio tenía razón. Aquella Orquesta Ciudad de Málaga, que pasó a denominarse Orquesta Filarmónica de Málaga apenas rebasada la esquina del siglo XXI, se ha convertido en un agente reconocible, recurrente y duradero en un territorio que ha visto esfumarse gran parte de sus envites culturales más serios. Pero que la OFM apague hoy sus 25 velas no ha resultado fácil ni previsible: en el camino no han faltado todo tipo de obstáculos, desde los propiciados por el factor humano que siempre entra en juego en los grandes equipos hasta las dificultades presupuestarias pasando por determinadas decisiones políticas y el adiós (quién sabe si definitivo, o hasta cuándo) de un equipamiento fundamental como el Auditorio, cuya elevación se daba ya por segura. Aparicio supo ver algo que, en los años 80, muy pocos vieron: la existencia de un público para una orquesta en Málaga. Sin embargo, por más que en los primeros años de vida de la OCM se fletaran autobuses desde Marbella hasta los conciertos en el Cervantes en busca de los ávidos espectadores del turismo residencial, la garantía de este público sigue consitutyendo una quimera tanto (o tan poco) tiempo después: la lucha por aumentar o meramente conservar el número de abonoados, especialmente entre los sectores más jóvenes de la población, se libra a pecho descubierto cada temporada; y una mínima relajación de la guardia en este sentido tendría consecuencias funestas. Por ello, más allá de la felicidad que impregna cualquier celebración de cumpleaños, el 25 aniversario de la OFM debe servir, también para volver a llamar la atención de la sociedad malagueña hacia el privilegio y la oportunidad que la sola existencia de la orquesta supone. Por más crisis y recortes que haya que lamentar, por más desencuentros artísticos que se produzcan, por más carencias de tiempos y espacios que haya que afrontar, un respaldo inequívoco del público representa la mayor inmunidad de la agrupación de cara al futuro. Y es este respaldo el que merecería una demostración definitiva como la ocasión merece. Hoy, en febrero de 2016, estamos en condiciones de afirmar que, sin su Orquesta Filarmónica, Málaga sería una ciudad peor, más atrasada, menos atractiva, con una dimensión provinciana, sin apenas posibilidades de merecer una cierta proyección en Europa y vendida a las bondades del clima para el desembolso del turismo estacional. Es el momento idóneo de que Málaga adopte al fin a su OFM como su mejor embajadora; de que la historia de la ciudad confluya con la de la música, porque la música entraña una ocasión de desarrollo a la que muy pocas manifestaciones culturales, intelectuales o artísticas pueden aspirar. He aquí, el cabo, la razón que define a la orquesta como un tesoro a preservar.

Pues música es lo que le queda a Málaga después de estos 25 años: miles de obras interpretadas, tanto de los compositores más afamados como de otros que han significado en Málaga verdaderos descubrimientos, incluidos no pocos malagueños y andaluces; repertorios clásicos, románticos, barrocos y contemporáneos, bien en la temporada de abono o en cualquiera de los muchos ciclos y programas desarrollados, así como las óperas y zarzuelas de la temporada lírica; seis directores titulares que ha imprimido su particular sello haciendo de la OFM un instrumento diverso, hábil, virtuoso, admirado y bien templado: Octav Calleya (1991-1995), Odón Alonso (1995-1999), Alexander Rahbari (1999-2004), Aldo Ceccato (2004-2009), Edmon Colomer (2010-2013) y Manuel Hernández Silva (desde 2014 hasta el presente); una nómina de directores invitados que incluye a José Luis Temes, Jesús López Cobos, Philippe Entremont, Nicholas Milton, Rafael Frühbeck de Burgos y Antoni Ros Marbá entre otros muchos; otra de solistas con figuras como Plácido Domingo, Montserrat Caballé, Alfredo Kraus, Joaquín Achúcarro, Pinchas Zukerman, Alicia de Larrocha, Nigel Rogers, Ara Malikian y malagueños de la altura planetaria de Carlos Álvarez y Jesús Reina; más de medio centenar de grabaciones de los más diversos repertorios, con especial protagonismo de compositores del último siglo (una labor que ha contado con diversos reconocimientos internacionales), así como de numerosas bandas sonoras para cine y televisión; giras de gran relevancia como la que llevó a la OFM a Alemania bajo la dirección de Alexander Rahbari, así como otras emprendidas en Suecia, Grecia, Eslovaquia y la República Checa; actuaciones históricas en el Auditorio Nacional en Madrid y la presencia habitual en certámenes como el Festival de Música Española de Cádiz; la estrecha colaboración y complicidad sostenida con formaciones de música vocal como el Coro de Ópera de Málaga, la Coral Cármina Nova y la Coral Santa María de la Victoria; cursos de formación, conciertos didácticos y proyectos como la Academia, el Concurso de Jóvenes Intérpretes y la Joven Orquesta Barroca de Andalucía concebidos como alimento del necesario relevo que proveerán las futuras generaciones de músicos; publicaciones, conferencias, encuentros con el público, artículos, críticas y más y más historias, así como más y más música. En estos 25 años, la Orquesta Filarmónica de Málaga ha constituido un mundo propio del que han formado y forman parte muchísimos músicos, administradores, aliados y, sobre todo, espectadores; una aventura que, posiblemente, no ha hecho más que empezar. De la buena salud de la OFM dependerá en gran medida el futuro de la ciudad.

A pesar de todo lo conquistado hasta hora, por tanto, la historia inmediata de la orquesta es la de un proyecto por hacer, con hitos que aún deben ser logrados y celebrados como el del Auditorio. Con la música finalmente, como mejor argumento posible, sólo cabe añadir; feliz cumpleaños.

 

Colores para una diversa paleta

Más allá de la temporada de abono, los diversos ciclos, festivales y programas complementarios han permitido ampliar repertorios y satisfacer otros gustos.

Si la temporada de abono con su sede en el Teatro Cervantes ha representado el mayor santo y seña de la Orquesta Filarmónica de Málaga desde su fundación, la actividad de la misma ha trascendido con mucho estos límites también desde sus primeros pasos. A lo largo de estos 25 años, la OFM ha ocupado los más diversos espacios adaptada a los más distintos formatos para la interpretación de los más dispersos repertorios, desde los modos medievales hasta los rigores atonales o minimalistas del siglo XX, en un empeño que tiene que ver tanto con el reto artístico para los propios miembros de la orquesta y las formaciones invitadas como con el compromiso a favor de la satisfacción de públicos y gustos igualmente variopintos. En este sentido, los ciclos, festivales, citas y programas complementarios puestos en marcha en esto cinco lustros han adquirido un carácter proteico, flexible y maleable, en continua metamorfosis: unos llegaron, otros se fueron y algunos permanecen, pero, en todo caso, los aficionados malagueños han tenido en su Orquesta Filarmónica la posibilidad de disfrutar con algo más que los highligths clásicos y románticos propios de una temporada de abono.

En alas de esta inquietud expresada desde el comienzo, ya la Orquesta Ciudad de Málaga creó en sus primeros años una sección de cámara dirigida a aforos más reducidos para la interpretación de programas distintos del espectro sinfónico. Aquella formación corrió paralela a los Martes musicales, génesis del actual Ciclo de Cámara, que tuvo su primera sede en el Palacio Miramar, de donde se trasladó posteriormente al Conservatorio (hoy Sala) María Cristina; y por este ciclo pasaron, además de la propia sección de cámara de la OFM, numerosos tríos, cuartetos y demás grupos de amplia solvencia. También y en aquellos primeros años los propios maestros de la Filarmónica decidieron constituir sus propias formaciones de cámara, que hasta hoy han enriquecido tanto los ciclos y festivales de la OFM como otras muchas programaciones similares en toda España.

El echar la vista atrás en este asunto, dos propuestas asaltan de inmediato la memoria: el Ciclo de Música Contemporánea celebró su última edición, la decimonovena, en enero de 2013, después de haberse convertido en una propuesta pionera a nivel nacional en el género y en todo un clásico para los aficionados en el Conservatorio María Cristina primero y el Teatro Cánovas después. Cada una de sus ediciones estuvo dedicada a un compositor en activo, y así desfilaron por Málaga talentos de la altura de Tomás Marco, Leonardo Balada, Luis de Pablo, Antón García-Abril, José García Román, Claudio Prieto, José Luis Turina y Jesús Villa-Rojo, entre otros. También para cada edición grabó la OFM un CD con la obra de cada uno de estos compositores, con algunos casos (como el de Tomás Marco) de verdadero éxito también fuera de España. Formaciones como el Grupo Enigma, el Octeto Ibérico, la Camerata del Prado y el Cuarteto Quiroga entre otros interpretaron para los malagueños obras tanto de estos homenajeados como de otros muchos compositores, de Xavier Montsalvatge a Arvo Pärt, de Federico Mompou a Steve Reich, de Schoenberg a Messiaen. No menos trascendencia tuvo el Festival de Música Antigua, que también en 2013 se celebró su novena y última edición después de haber recibido a grupos y artistas como la Orquesta Barroca de Sevilla, Accademia del Piacere, Ara Malikian, La Caravaggia, la Colombina, Al Ayre Español, Eduardo Paniagua, La Capilla Real de Madrid y Nao D’Amores en el Cervant5es, la Iglesia de San Agustín, la Alcazaba, el Museo Picasso, la Catedral y la Iglesia de San Julián entre otros espacios.

Actualmente, la OFM mantiene su Ciclo de Conciertos de Cámara en el Museo Picasso y la Filarmónica frente al Mar en La Térmica; oportunidades más allá de lo obvio que, no obstante, merecerían el rescate de algunas propuestas que desaparecieron.