Algunas notas (desafinadas) sobre el Auditorio de Málaga

SUR
25-06-2013

Algunas notas (desafinadas) sobre el Auditorio de Málaga
ANTONIO JAVIER LÓPEZ

El silencio es una nota musical. Tiene incluso su propia representación gráfica en el pentagrama, diferente según la duración de la pausa requerida. Silencio de redonda, de blanca, de negra, de corchea, de semicorchea, de fusa, de semifusa. Silencio para dar ritmo y sentido al conjunto de la partitura, oxígeno a los intérpretes, descanso y orientación a los oídos. Silencio para marcar la cadencia, la historia, del Auditorio de Málaga, nacido muerto o muerto recién nacido, como prefieran.

Al fin y al cabo, hoy mismo se firmará el acta de defunción del mayor proyecto por extensión, inversión y ambición atisbado en el horizonte de la ciudad. El consorcio para la construcción del Auditorio de Málaga se reúne para practicarse un harakiri triste. El consorcio figura en la lista del Gobierno para adelgazar la administración pública. Incluso poco después de tener el anuncio frío y el cuerpo aún caliente del consorcio, el alcalde abogaba por no enterrar el proyecto, a lo sumo, que “hibernara”. Y esa fórmula, esa palabra dicha con la ventana del verano recién abierta, ilustra como pocas la dislocación en los tiempos que ha terminado con la iniciativa metida en un cajón.

Suenan ahora las voces, los golpes de pecho. La situación económica no está para un proyecto de más de cien millones de euros. Un proyecto cultural, para colmo. Una idea megalómana, extemporánea, cuando tanta gente lo pasa mal para llegar a mediados de mes. Un argumento irrefutable hoy. Ahora. Pero son muchos y variados los responsables de que el consorcio del auditorio pase a la historia este 24 de junio de 2013 después de años de desidia, prejuicios, navajeos de la peor estofa y silencios.

Conviene remontarse al principio. O casi. Preguntarse, por ejemplo, ¿por qué Málaga quedó fuera de aquel Plan Nacional de Auditorios creado en 1983 por el Ministerio de Cultura? ¿Por qué, si aquel plan pretendía dotar al país de una red de equipamientos culturales con al menos un proyecto por comunidad autónoma, en Andalucía empezó y terminó en el auditorio de Sevilla (1991) mientras incluía los de Lérida (1994), Barcelona (1999) y Girona (2006) o los de San Sebastián (1999), Bilbao (1999) y Vitoria (en proyecto después de varias demoras) o los de Las Palmas (1997) y Tenerife (2003)? ¿Quién se cayó entonces, qué puertas se cerraron o ni siquiera se golpearon?

Así, mientras ciudades como Santander, Cuenca, Murcia o Guadalajara sumaban el apoyo estatal a la construcción de sus respectivos auditorios, por aquí el asunto quedaba en la recuperación del Cervantes (menos mal) y en un debate carroñero y pueril prolongado durante más de un lustro. Hasta que en enero de 2007 se constituía el consorcio para la construcción del Auditorio de Málaga con el 51% en manos del Gobierno central (Ministerios de Fomento y Cultura) y el otro 49% repartido a partes iguales entre la Junta de Andalucía y el Ayuntamiento de Málaga.

Justo un año después ganaba el concurso de ideas la propuesta de los arquitectos Agustín Benedicto y Federico Soriano. Enero de 2008. La crisis asomaba sus orejas de lobo. Y, sin embargo, la penuria económica es sólo la patente de corso de la deslealtad institucional que ha minado el proyecto del auditorio desde la base, con administraciones pidiendo las actas de las últimas reuniones para enmendar fruslerías, con sicarios partidistas poniendo un documento en la base de la pirámide de la burocracia, con fontaneros cegando el sumidero del poder. Sólo así puede entenderse que el proyecto final haya tardado casi el mismo tiempo en elaborarse que en recibir el visto bueno de los técnicos. Dos años parecen un plazo más que mejorable para dar una aprobación. O quizá los criterios técnicos fuesen lo de menos.

El Auditorio de Málaga se encontraba desde hace meses en el punto más importante de cualquier infraestructura: pasar de los planos a las obras. Otras actuaciones, como por ejemplo la instalación del Museo de Málaga en el palacio de la Aduana, cruzaron ese Rubicón incluso después que el auditorio (la primavera de 2009), cuando la crisis arreciaba con más fuerza, y ahora avanzan con paso lento pero más o menos seguro hacia su inauguración. Quizá abran más tarde de lo previsto, pero la actuación estaba ya en la agenda, en los presupuestos, y pocas estampas dan peor imagen que una gran obra dejada a la mitad. Una vez en marcha, resulta complicado parar una hormigonera. Lo sencillo es ni siquiera enchufarla, como ha sucedido con el auditorio.

Pero incluso el argumento de la crisis se reblandece para explicar la deriva del auditorio portuario. La construcción del edificio musical tenía un presupuesto de 81 millones de euros. Sumen ahora los 26 millones de euros dejados en Art Natura, los casi 21 millones del Astoria, los 3,5 millones en apuntalar el Convento de la Trinidad después de abandonarlo durante años, los seis millones en el alquiler de la sede de la Biblioteca Provincial, los miles de euros gastados antes de decidir que el Parque de los Cuentos y la Residencia de Creadores en el PTA fueron malas ideas, sumen nuestro particular Triángulo de las Bermudas en la esquina del puerto y su cubo de cristal.

Dinero gastado en muchos casos después de 2007 por las administraciones que hoy echan el cierre al Consorcio del Auditorio. Una entidad que pasa al limbo después de cinco años y cinco millones de euros invertidos. O gastados, según se mire. Se va, además, el consorcio con el orgullo funerario de un millón y medio de euros de remanente a repartir entre el Ministerio de Cultura, la Junta y el Ayuntamiento; al fin y al cabo, los que han puesto el dinero (Fomento aportaba el suelo ahora huérfano). Se va, también, el Consorcio con el sonrojo de una línea en los Presupuestos Generales del Estado que este mismo año destina 118.000 euros en gastos de personal para una entidad que dice tener dos empleados.

Pero quizá el destino escriba derecho sobre los renglones torcidos de este pentagrama desvaído. Porque el mismo día que se daba a conocer el fin del consorcio del auditorio se recordaba que la Orquesta Filarmónica de Málaga ha perdido casi la mitad de sus abonados en los últimos cinco años. Los motivos de ese descenso merecen una explicación más detallada y esto ya se alarga demasiado.

Así que silencio. De corchea, de fusa o de semifusa. Silencio en el triste mutis del auditorio.